Y, SIN EMBARGO, ALLÍ SIGUE (PARA EL POST-26)

Se miente más de la cuenta

por falta de fantasía:

también la verdad se inventa.

Antonio Machado

Coraje. Falta coraje, pienso desde que volví, hace más de dos meses ya, viendo y participando de algunas discusiones alejadas de los impropios e imprudentes que, frente a realidades bastante más duras que las de mis interlocutores, arrojaron el vergonzoso miedo al suelo, concientes de que, si han de sobrevivir, será pasándole por encima a esos sentimientos e instintos en los que much@s se han acomodado.

Entrampados, sumidos en trampas innumerables, tendidas por todas partes para imponer valores, antivalores, censuras y autocensuras, prácticas y formas de pensar… Así andan los mexicanos, andamos, o lo intentamos, con resultados nada halagadores y evidentes a un mundo que “no canta mejor las rancheras” (que tolera y promueve torturas, desapariciones forzadas, espionajes masivos e invasiones y destrucción de pueblos, culturas y países enteros).

Entristece. ¿Cómo no?, pero no hace falta ir más allá pronto, y hay otras voces que merecen mayor atención (más de la que dejan escuchar los lamentos de todo tipo, que hay muchos. Y tono y ambiente suenan demasiado a la Comala de los Páramo): las voces y reflexiones de madres de muchachos asesinados y padres de desaparecidos; de hermanos y esposas, y herman@s nuev@s -no de sangre, sino hombros decididos a arrimarse, pieles que sienten en el rostro propio las bofetadas y escupitajos de arriba-, ellos y ellas que van haciéndose más y no recuerdan que exista algo a lo que se ha dado en llamar “impotencia”, y están recorriendo caminos de barrios, pueblos, ciudades; van y vienen advirtiendo que no reposan hace años, y no lo harán hasta encontrarlos, exigiendo justicia y descubriendo, con indignación, sí, pero más allá, convencidos, convencidas de que hay que transformar este mundo plagado de “vicios e insuficiencias jurídicas”, desacuerdos legislativos, renovadas prácticas autoritarias del ejecutivo y de todo “el aparato” (suena raro), es decir, de todos los aparatos policíacos, burocráticos, clientelares, militares y paramilitares… que sirven al actual gobierno, al Estado y al sistema.

El ataque contra la Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa (contra tod@s l@s que la componen: estudiantes, profesores, directivos), el 26 de septiembre de 2014 en el municipio de Iguala, estado de Guerrero, ha mostrado la fortaleza de un Estado de derecha cosolidado -con derechos para quien pueda comprarlos y legislaciones a modo, o mutables, según requiera el cliente. Abunda al respecto la documentación, pero baste citar La violencia de Estado en México (México, Debate, 2010, p. 183), donde Carlos Montemayor advertía:

… hay espacios de acción estatal con mecanismos propios, muchos de ellos también recurrentes. A nivel policial y militar, la creación de comandos de élite como fuerzas de choque para enfrentar movimientos populares no armados. A nivel procesal, la acción coordinada del Ministerio Público y de los jueces que obvian procedimientos legales para acusar, castigar y resolver de manera expedita e injusta. En la desaparición forzada, la aquiescencia de autoridades políticas, militares, policiales y judiciales a nivel municipal, estatal y federal. Podemos hablar de la violencia de Estado en movimientos de inconformidad social cuando la procuración y la impartición de justicia, y aun la legislación, concurren con la represión policial o militar desde el arresto de líderes y represión indiscriminada hasta masacres y desapariciones forzadas. Tal violencia puede describirse vía las acciones específicas y propias de cuerpos policiacos, contingentes militares, manipulaciones procesales, sentencias de jueces sin fundamento legal suficiente, o el crimen de Estado que caracteriza de manera central esta violencia: las desapariciones forzadas de personas.

Esa nueva embestida capitalista en su modelo neoliberal -representado por personeros formales e informales de variado pelaje, militares y paramilitares, desde los atlacomulcas a sus zetas, pasando por sus cienfuegos y sus chapos, por sus cárteles de la in-formación y sus circuitos de lavado de activos, sus sicarios y sus delincuentes “de cuello blanco”- es una agresión a muerte y más allá contra todo el normalismo, todo el estudiantado, todo el campesinado y todo el pueblo pobre-sobrante-prescindible; es la necia realidad, la necia teoría y la necia lucha de clases.

Aunque no ha de convencer -como advirtiera Unamuno a los fachos españoles, que allí siguen, chupando sangre y ganando elecciones-, y por más que tampoco vaya a impedirnos pensar más allá: fuera de él, superándolo, el Estado, mientras tanto, SÍ puede vencer, al menos en el sentido de seguir matando, preservándose con sus enormes capacidades de muerte y segando muchas vidas, tan valiosas como las que más (tanto como las del presidente de la república y su familia, o como las del más visto presentador de noticias, o el archidoctor SNI 9o Dan y sus estirpes), así que no hay que olvidarse de pensar desde/en el aquí y el ahora (incluyendo, por ejemplo, que ninguna de esas tres cotizadas eminencias irá a alfabetizar en las crecientes zonas pobres, cada vez más pobres y más grandes, según estudios de la CEPAL, la OCDE…, por más que las cifras de esas investigaciones no coincidan con las de “informes” de gobierno o las de campañas poselitistas. Tampoco enfrentarán esas lumbreras las amenazas y consumaciones de la industria criminal coludida con todas las fuerzas e instancias estatales). Habría que plantearse entonces cómo comenzar a superar el actual y desmadrado estado de cosas.

Busco corresponder y continuar la discusión abierta en el provocador Antiseminario titulado De Ayotzinapa al Plan de Iguala (http://bit.ly/1P7MnIZ), coordinado por Alberto Híjar en abril pasado. Uno de los planteamientos allí inseminados, y quizá de los más fecundos, es la necesidad de afrontar el agotamiento del Estado nación, “la gran construcción histórica de la burguesía desde 1789”, dice Híjar, y “garantía de la acumulación capitalista”.

La abundante y puntualmente documentada historificación del positivismo, el liberalismo y el laicismo mexicanos acompañó el rescate de varios auténticos héroes nacionales que, por más desterrados del panteón oficialista, no merecen tanto olvido, tanto silencio y tanta ignorancia de nuestra parte.

Empero, el agotamiento de ese mito, de las promesas progresistas y desarrollistas, de un bienestar mínimo para las mayorías, es evidente hace por lo menos tres décadas, período en el que se ha impuesto y pretendido naturalizar la “convivencia” -ofensiva y repugnante- de las mayores fortunas junto a las peores miserias: es una vuelta al ramplón igualitarismo de Nosostros los pobres y Ustedes los ricos que insiste en dar por bueno a un Carlos Slim que regala limosna (incluso traducida-edulcorada en beca) a un niño indígena que mendiga afuera de un Sanborns, violentísimo pero tolerado cuadro costumbrista de la ultracívica “ciudad de la esperanza” -no solo de ella-, donde la “izquierda moderna” (sic) ha experimentado y madurado gobernando, reconvirtiéndose en lo que quizá ya era detrás de sus discursos proselitistas: acomodaticia, convenenciera, pragmática a pesar de la traición y, al fin, neoliberal.

Esa crisis del Estado nación puede interpretarse como promesa, como apertura de oportunidades o como fin de ciclo, como necesidad de evidenciar, hacia afuera, hacia los otros, un agotamiento fatal de posibilidades y alternativas vitales, pues, según la evalúen Slim o una niña -quizá indígena y, tal vez, sin necesidad de limosnas, futura maestra rural-, en la distancia abismal que hay entre los presupuestos y perspectivas de cada un@, la profe rural, la niña, la indígena o el empresario, destaca, hoy por hoy, que aun agotado, sin credibilidad ni capacidad -y quizá ni interés ya- de generar quimeras, oasis, esperanzas, el Estado existe y funciona al servicio de los peores intereses, en contra de los ideales que impulsaron hace un siglo una Revolución de la que se ha o lo han reclamado hijo; ese Estado delincuencial opera, mata, quizá con la mayor peligrosidad consabidamente propia de una bestia herida.

Recién escuché a un abogado llamarle Estado forajido -que no fallido. Contén y base del partidismo, la “transición” gatopardista a la misma democradura, pero sobre todo, cumbre de las inagotables posibilidades de éxito, es decir, de ganancia, que resultan de los vínculos y fusiones a todo nivel entre ese Estado mafioso y los más diversos ámbitos/mercados del crimen organizado.

El remezón a las ideas y elucubraciones sobre las capacidades y perversidad de esa estructura que se supondría reguladora de las conflictivas relaciones al interior de una sociedad de por sí multicultural y pluriétnica, mas particularmente injusta y alevosa como la mexicana o, en otros términos, el mentís a quienes idolatran (en positivo o en negativo) la antedicha estructura, lo dio el caso Ayotzinapa al sembrar la necesidad de plantearse una disyuntiva ante ese nivel de violencia y coordinación -descarada e históricamente impune- entre las entidades estatales y criminales, pero ese mismo tiempo crítico ha sido aprovechado para cultivar “alternativas” previa y cuidadosamente instaladas en la “conciencia” ciudadana, en la “formación” cívica y ética.

Así, parece medianamente claro y cuerdo -y cabe reivindicar el ejercicio de testimoniar los pensamientos de otros- pensar que todo lo que venga será peor y, frente a ello, habría que resignarse (es imposible oponérsele: “ocúpate de tus problemas”, domestícate, permanece en el claustro, encerrad@ en vos mism@; acostúmbrate a vivir debajo de la cama, con miedo, y adáptate a ese modo de vida, busca distractores, tapetes y cojines para esa zona de la recamara), o bien, “si no puedes con el enemigo, únetele”, puedes ingresar como policía, soldado, marino (“alguien tiene que hacer el trabajo…”), que es, sabidamente, otra vía para entrar al “jugoso negocio del narcotráfico” recibiendo la mejor (de)formación -hace ya años que una encuesta reveló esa actividad, el narco, como aspiración extendida entre estudiantes de secundaria. Además, con la actual velocidad del mundo, virtual o real, “vale más que lo poco que vivas sea intenso y sin privaciones”

Mas la opción de resistir, que a veces vale tanto como acometer y que para nada es más fácil, existe. Implica decidirse a hacer lo mínimo indispensable para que un razonable “¡basta!” se convierta en acciones que detengan y contrarresten la barbarie, y en consecuencia, participar decidida y plenamente en la nueva organización de lo común (para empezar, aunque suene a necio por obvio o reiterado, las relaciones entre humanos y entre ell@s y la naturaleza, una muy ofendida madre tierra).

Lo anterior aspira, también, al inicio de una discusión que responda (en el sentido de replicar y desmentir para esclarecer) a las procedencias y probables consecuencias de líneas discursivas que llegan a pretenderse afines o aliadas de las víctimas, desde hace un año, en particular, de los 43 normalistas sometidos a desaparición forzada.

Por decisión conciente o por sumisión introyectada, reporteros y conductores de noticieros, descontando a los mercenarios del periodismo, así como “expertos” opinadores, especialistas en derecho, en general, o en derechos humanos en particular, son demasiado enfáticos al defender el “estado de derecho” como un dogma, al tiempo que descartan, anulan, omiten y revictimizan a compañer@s, sobrevivientes, deudos y todo el entorno de los ofendidos y agredidos a través de delitos de lesa humanidad, más graves por su frecuencia y capaces aún de convocar y revitalizar lazos sociales de solidaridad, por encima de la banalización a que los somete la inmensa mayoría de medios masivos a la hora de difundirlos.

Pensar, discutir, compartir y poner manos a la obra en una transformación del mundo francamente opuesta a la “destrucción creativa” capitalista y neoliberal; una transformación clara y segura de que no se trata de embellecer o intentar mejorar la podredumbre actual, sino de asumir la necesidad de ir a la raíz: de ser radicales y hacer, consecuentemente, una crítica radical de todo lo existente.

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