Las semillas en México… crónica de su mercantilización a manos privadas y antesala del despojo económico y fitogenético de los agricultores en el siglo XXI

semillas1Luis M. Rodríguez Sánchez

Hablar de la situación de las semillas agrícolas en México es muy amplio en términos de la gran diversidad de cultivos que posee nuestro país y de las múltiples regionales que presenta la producción agropecuaria.  Por ello  me centraré sobre los cultivos de mayor importancia en términos económicos y sociales, así como en las políticas públicas que han venido moldeando la correlación de fuerzas económicas que determinan la producción comercial de  semillas en México.

Con las políticas neoliberales aplicadas en nuestro país principios de la década de los noventa del siglo pasado, la industria semillera nacional (que se centró sobre todo en la producción de semillas mejoradas  de trigo, arroz, maíz, frijol, algunos forrajes  y oleaginosas) creada y administrada por el Estado, fue desmantelada  gradualmente hasta su completa liquidación. La investigación agrícola nacional  que hacia el Instituto Nacional de Investigación Forestal, Agrícola y Pecuaria para el mejoramiento genético y la producción de semillas también se fue reduciendo progresivamente. Este proceso de privatización de toda el aparato productivo manejado por el Estado,  que venía sosteniendo buena parte de la actividad económica agropecuaria del país se acompañó de reformas legales, como la de privatización de la propiedad social agraria y la creación de nuevas leyes en materia de producción y comercialización de semillas, bioseguridad y  manejo y protección de la biodiversidad.

En general todos estos cambios tienen la intención de reducir la participación del Estado en el desarrollo económico nacional y  de manera específica en la producción agropecuaria, así como facilitar la explotación comercial de los recursos fitogenéticos. En este sentido, cabe desatacar que México pasó de tener un mercado de semillas casi totalmente  abastecido por el  propio Estado  o los agricultores, aun nuevo escenario, donde la producción y distribución  de semillas para la siembra de las principales regiones con alto potencial productivo y económico, está en manos de empresas privadas, la mayoría de ellas trasnacionales. Es así como las empresas  Pionner y Monsanto acaparan cerca del 95 % del mercado de semillas de híbridas de maíz; algo similar sucede con las semillas  de hortalizas, cuya importancia económica ha crecido en las últimas décadas, ante el incremento en su consumo (sobre todo en las ciudades) y con fines de la exportación. Las compañías trasnacionales también controlan la mayor parte del mercado de semillas para flores,  forrajes y algodón. Podemos observar que la intención de las diferentes reformas legislativas en materia agrícola, de semillas y de manejo de la biodiversidad han tenido el objeto de incrementar el grado de mercantilización de la agricultura (asesoría,  insumos, productos, financiamiento, distribución, etc) y de crear las condiciones para que los grandes capitales nacionales y extranjeros se aprovechen de dicho proceso, obteniendo grandes utilidades. Al mismo tiempo, el abandono de la agricultura por la migración  y la política de sustitución de variedades  nativas y  criollas por semillas híbridas o mejoradas en ciertas zonas del país, ha ocasionado la desaparición de numerosos materiales  domesticados localmente. Aunado a esta situación, empresas como Monsanto ejercen constante presión sobre el gobierno mexicano y se articulan con científicos, funcionarios públicos y organizaciones de productores para  lograr la autorización de cultivos transgénicos en el país, específicamente maíz y soya (para algodón ya lo han logrado). El caso del maíz tiene un lugar especial pues México es centro de origen y domesticación de dicho cultivo y éste representa un elemento clave en la alimentación de su población  (sobre todo en lo que respecta al suministro de carbohidratos); además, dicho cultivo constituye un elemento cultural y  de identidad estratégico para todos sus pueblos indígenas y para la mayor parte de los mexicanos. Numerosas organizaciones  de la sociedad civil, grupos campesinos  e investigadores han conformado un amplio y diverso frente de lucha para proteger al maíz nativo de la amenaza que representa la entrada del maíz transgénico (figuran entre estos movimientos la iniciativa Sin Maíz No hay País, la Red en Defensa del Maíz y el Carnaval del Maíz). Actualmente gracias al trabajo de un grupo de científicos, artistas y miembros de la sociedad civil, se logró detener de forma temporal toda actividad de  siembra experimental y comercial de maíz transgénico a través de un recurso judicial que pone en tela de juicio la viabilidad de este  cultivo en México. El proceso judicial continua actualmente y todavía no hay una respuesta definitiva con respecto a su aprobación o suspensión definitiva; sin embargo, este hecho da tiempo a la sociedad civil para emprender diversas acciones para enfrentar la presión de la las empresas trasnacionales.

Si bien los efectos de la actual legislación de semillas en cuanto  restringe legalmente la capacidad de los agricultores para comercializar libremente sus semillas,  a través de los proceso de certificación, también es cierto que la mayor parte de los agricultores tradicionales con menores recursos económicos en  México, siguen haciendo intercambios más allá de las disposiciones legales,  comprando y vendiendo sus semillas dentro de las ferias y  mercados regionales, así como en su propias casas, lo que constituye un elemento que  difícilmente será controlado o regulado; sobre todo porque las variedades originarias o criollas de maíz, frijol, calabaza y algunos plantas forrajeras sólo pueden encontrarse en esos sitios, están adaptadas a las condiciones agroecológicas , presentan características degustativas exclusivas para las comunidades que las producen y consumen; además de ser mucho más  baratas que las semillas certificadas y de fácil propagación. El riesgo  potencial  más  fuerte se ubica en que estas especies y  variedades (sobre todo en el caso del  maíz) queden contaminadas por los genes transgénicos y que la enorme diversidad de cultivos y variedades tradicionales se convierta en el gran  botín de  la biopiratería que las  compañías biotecnológicas están desarrollando  bajo los nuevos materiales  transgénicos y la sisgénicos, que buscan crear semillas con mejor adaptación edafoclimática  y/o eficiencia en el  aprovechamiento de los recursos (agua y nutrientes) o la creación de alimentos nutraceúticos para los nuevos mercados de comida funcional y la producción de vegetales con uso potencial para biocombustibles. Del otro lado están los agricultores de nivel medio que producen mayores volúmenes de maíz y granos para el mercado nacional, así como de flores y hortalizas, quienes hoy dependen más que nunca a  de las semillas híbridas y mejoradas  comercializadas principalmente por las empresas trasnacionales; ellos son los más inmediatamente vulnerables en términos económicos a este nuevo panorama de las semillas privatizadas y  agricultura de insumos biotecnológicos.

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