El que mira al pasado se ariesga a perder un ojo, el que no mira pierde los dos

Los últimos días de noviembre pasado sesionó en México el Tribunal Permanente de los Pueblos (TPP); uno de los temas que trató fue el caso de las amenazas contra el maíz nativo.

En el TPP presentaron su testimonio investigadores como el Dr. Andrés Carrasco y el Dr. Ignacio Chapela, además de representantes de comunidades y organizaciones campesinas y civiles que expusieron cómo el maíz nativo se encuentra en peligro por las políticas del Estado mexicano y cómo los campesinos son víctimas de dichas políticas que atentan contra su vida, sus medios de reproducción y su cultura.

Las discusiones abordaron el maíz transgénico que, sin duda, no representa una alternativa para México y, por el contrario, pone en riesgo muchos aspectos de la agricultura de los mexicanos, por demás en deterioro.

Durante esos días también contamos en México con la visita del compañero brasileño Sebastián Pinheiro (asesor del MST y otras organizaciones campesinas en Latinoamérica), quién compartió espacios de trabajo con campesinos organizados, técnicos y algunos investigadores. Por difícil que es tratar en un artículo todo abordado por Sebastián, he aquí un esbozo que puede ser de interés para quien trabaja desde cualquier espacio en la lucha campesina.

Discusiones inducidas

A lo largo de la historia los centros de poder han marcado la pauta en los modos de producción, los tópicos de interés, los términos y, peor aún, los campos donde se libran las batallas contra dichas pautas, modelos, etcétera.

Desde los países desarrollados se han lanzado las grandes “revoluciones” en la agricultura: de acuerdo a una serie de intereses, necesidades y oportunidades de mercado se ha planteado primero la introducción de los fertilizantes altamente solubles, luego la introducción del anagrama de la nutrición vegetal NPK (nitrógeno, fósforo y potasio), seguida por el uso de biocidas (fungicidas, herbicidas, bactericidas), monocultivos, el uso de maquinaria para la labranza del suelo, semillas híbridas y semillas transgénicas.

Si observamos lo anterior es evidente que los modelos de producción de alimentos han sido empujados desde el centro –los países industrializados, los dueños de las colonias-, hacia la periferia –los países colonizados, los productores de manufactura, los países fuente de materias primas blandas-.

A pesar de que existan testimonios de las buenas intenciones con las que, por ejemplo, Norman Borlaug y otros científicos impulsaron la revolución verde para combatir el hambre en el mundo, no puede dejar de observarse que dicha “revolución” tenía como trasfondo la apertura de un mercado global para una serie de insumos desarrollados a partir de la industria militar (fertilizantes, herbicidas y maquinaria agrícola). Tampoco es un secreto que organismos como la Fundación Rockefeller impulsaron esa revolución y premiaron a sus promotores.

Ese centro que marca una pauta para la periferia no es estático ni unidireccional. Desde principios de los años 80 en Alemania, país desarrollado en el que se producía en esos años más del 80 por ciento de los insecticidas agrícolas, se creó la primera Facultad de Agronomía Orgánica Alemana (Methoden Alternatives Für Landbaum Undagrarwissenschaftler) en la Witzenhausen Universität.

En esos años la revolución verde daba paso a las semillas híbridas -promesas para el aumento en los rendimientos-, al tiempo que se fortalecían instituciones de investigación privadas como el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) para la creación de híbridos de maíz y trigo.

Cabe cuestionar: ¿por qué en ese marco los alemanes se interesaban en investigaciones sobre agricultura orgánica, si los desarrollos tecnológicos híbridos eran publicitados a nivel mundial como el camino a seguir? ¿Por qué mientras a nivel mundial y local se discutía públicamente sobre la adopción o no de los híbridos y el uso del paquete de insumos asociados, en Alemania se investigaba el ciclo del carbono y el nitrógeno, el papel de los microorganismos en dichos ciclos, la degradación microbiana de insecticidas, o la producción de enzimas microbianas? La respuesta ofrecida por un funcionario de dicha universidad, en 1981, a Sebastián Pinheiro es bastante esclarecedora: “porque nosotros –los alemanes-, dominamos el hoy y produjimos ayer el mañana”. En buen romance: el centro induce las discusiones a partir de la tecnología que vende hoy, al tiempo que prepara la matriz tecnológica que nos venderá mañana.

Productividad, semillas criollas, agricultura moderna, biotecnología son algunos de los términos que a lo largo de la historia se han puesto en la mesa de las discusiones en organismos mundiales como la FAO, en instancias diversas de los Estados y en la boca de científicos y sectores de la sociedad interesados en la agricultura. ¿Por qué nos hemos quedado en ese nivel? ¿Por qué hemos aceptado en muchos casos, como el de los Organismos Genéticamente Modificados (OGMs), enfocarnos en la discusión de la conveniencia de usar o no un promotor y un terminador, o un gen reportero para la transgénesis?, ¿por qué no se cuestiona de fondo la matriz tecnológica? ¿Por qué en muchas ocasiones parece un asunto de barras bravas y de confrontación entre personajes que son muy buenos o muy malos?

La ciencia que asume lo que el centro mandata como paradigma agrícola, acepta y promueve el uso de semillas híbridas, de agroquímicos, de OGMs, al tiempo que prepara un nuevo paquete de insumos, esta vez con la etiqueta de sustentables, ecológicos, biotecnológicos, pretendiendo apropiarse nuevamente del conocimiento campesino desarrollado colectivamente. La ciencia autoritaria institucionalizada en la periferia, agrada al centro y condena a la ciencia colectiva, creativa y abierta para todos.

Decodificar su modelo y construir el nuestro

Henry A. Wallace embajador plenipotenciario de Franklin D. Roosevelt en México declaro en 1930 que: “México tiene un sistema milenario en protección de semillas, si ese sistema continúa vigente, nosotros no tenemos posibilidades de entrar en ese mercado”. Las semillas son fundamentales para la existencia de todas las sociedades, su producción y comercio representan oportunidades de inversión prácticamente sin riesgo de quiebra.

De acuerdo con Jacques Diouf (director de la FAO en 2010), para el año 2050 en el planeta habremos alrededor de 9 mil doscientos millones de habitantes, todos con la necesidad de consumir alimentos diariamente.

Desde el año 2000 ha sido claro –como claras fueron las palabras de H. Wallace- el interés de inversores globales en los mercados de producción agrícola. La ambición es compartida por inversores particulares, fondos de pensión, grandes empresas trasnacionales de la agroindustria, o gobiernos como los de Arabia Saudita, que han invertido en la compra o el arrendamiento (irrisorio y neocolonial), de territorios susceptibles de explotación agroindustrial.

Capital proveniente de Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Francia, Suecia, Japón, Corea del Sur, India, se ha apoderado directamente o mediante testaferros de inmensas extensiones de tierra cultivable en América Latina, África, Europa del Este y Asia Central.

El modelo de producción agroindustrial se basa en pocos cultivos (algodón, colza, trigo, soja y maíz), y es con base en dicho modelo que se habla de soberanía alimentaria en las discusiones que se dan al seno del Estado, un modelo que sacraliza a la ciencia occidental. Ese modelo, impuesto a nivel global, apunta actualmente más a la producción de insumos industriales que a la de alimentos, los cuales son mayoritariamente producidos por pequeños y medianos agricultores que difícilmente adoptaron a las semillas híbridas y que ahora tampoco lo hacen con las transgénicas.

El caso del maíz resulta interesante a la luz de todo lo anterior. En México es cada vez menor el número de campesinos que pueden vivir de la producción agrícola como una fuente de ingresos más allá de la obtención de los alimentos para el autoconsumo. Los paquetes tecnológicos y las políticas de Estado apuntan a las grandes explotaciones, para esos paquetes y esas políticas otras formas de agricultura sobran y estorban.

Si bien es cierto que siendo México el centro de origen, domesticación y diversificación más importante del maíz, los argumentos para la defensa del cultivo ante la entrada de una tecnología que pone en riesgo su diversidad encontrará mejores resistencias que en otros países, también es cierto que la apuesta de los grupos financieros y de la agroindustria es muy seria, pues en México cuentan con el apoyo de Carlos Slim y Bill Gates.

Frente al dinero y la maquinaria propagandística que la agroindustria tiene será cada vez más importante lograr que las palabras que defiendan al maíz sean más las de campesinos, sindicalistas, amas de casa, estudiantes, músicos, niños, viejos, antes que las de figurones sean científicos o no. Eso implica la capacidad de decodificar la matriz tecnológica, de construir explicaciones claras y puntuales que se enmarquen en trabajo práctico, tanto con campesinos como con otros sectores de la sociedad.

La difusión, capacitación y discusión es necesaria. Podemos hacer cosas prácticas como talleres de biología molecular en los que, más allá de enseñar protocolos, se enseñen y discutan las implicaciones y el fondo de dichas herramientas.

Debemos fortalecer las prácticas biotecnológicas campesinas combinando y enriqueciendo el conocimiento sobre el cultivo de microbios fijadores de nitrógeno, micorrizas, antagonistas, productores de hormonas vegetales, fermentaciones, uso de estiércoles, fermentos, es decir, trabajo práctico en el que se demuestre que los insumos en sí mismos no importan, sino el contexto en el que se usan, en beneficio de quién se usan, creados por quién y para qué. El fitomejoramiento y la biotecnología no son propiedad de ninguna empresa ni instituto, sino campos del conocimiento colectivo desarrollado a lo largo de la historia.

El concepto de proteoma, hablando de semillas nativas, es fundamental. Para la agricultura campesina el proteoma de la semilla es la expresión del contexto en el que ésta se crea, se modifica, se mejora, se adapta: cómo se logra la expresión proteínica de un sistema agrícola, de una necesidad palatable, de una cultura, de una civilización.

El trabajo de conservación y diversificación del maíz no es sólo un hecho histórico, es una realidad que se reproduce ciclo tras ciclo, año tras año por manos campesinas, ese trabajo no se realiza a ciegas ni en una caja oscura, ese trabajo responde a necesidades, a observación, a experiencia, a parámetros que la ciencia institucionalizada parece no querer ver.

Un ejemplo de decodificación interesante es el trabajo de A. Von Humboldt, de quien se decía que hablaba con las plantas, es claro que no lo hacía en sentido literal, él habló con los campesinos y decodificó el conocimiento: nosotros podemos hacerlo con otro sentido, si somos capaces de revitalizar esos conocimientos, de fortalecerlos, habremos elevado el nivel de la discusión y de la pelea por la defensa del maíz y de la agricultura que nos alimenta.

El maíz y todas las semillas que comemos, son fruto del sol, que mediante procesos energéticos es convertido en minerales animados de los que podemos nutrirnos y de los que estamos hechos. Los nómadas usufructuaban el sol, los campesinos cultivan el sol, la industria y el capital lo vende (Sebastián Pinheiro dixit); la pelea será muy dura, pero nosotros aún tenemos ojos para mirar, decodificar, compartir, aprender y crear.

P.D. De entre toda la información y las reflexiones que nos deja Sebastián, aquí un interesante ejemplo: Los promotores de los transgénicos frecuentemente alegan que éstos son producidos a nivel mundial no sólo por las transnacionales monopólicas, sino por organismos públicos de Estado como EMBRAPA en Brasil. Ya que reconocen a dicha entidad como seria, científica y calificada para tratar el tema de los OGMs sería necesario que reconocieran también lo que EMBRAPA dice sobre la introducción de plantas transgénicas en países de los que son centro de origen.

En documento fechado en 1998 y firmado por el director-presidente (Alberto Duque Portugal), se declara que: en cuanto a la introducción de plantas de soja resistentes al glifosato, “considerando que Brasil no es el país de origen de la especie en cuestión y que, por tanto, la posibilidad de que exista flujo génico del gen de resistencia a glifosato a cualquier especie nativa es prácticamente nula”. EMBRAPA aprueba la introducción de la semilla de soja Round-Up, pero establece claramente que el flujo génico existe y que sería un peligro la introducción de una semilla transgénica en el territorio en el que fue originada.

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