Cambio climático y agricultura

0243cbf1978673fe443d7558de6ab4f0_MA nivel planetario enfrentamos diferentes crisis que se interrelacionan: crisis económica, social, energética, alimentaria y ecológica. El fenómeno del cambio climático es resultado del modelo de desarrollo económico capitalista que lleva al límite la explotación de los recursos naturales para la producción de insumos y que emplea para dicha explotación fuentes de energía no renovables como el petróleo. El cambio climático es una de las expresiones más reconocidas de la crisis ecológica y se encuentra totalmente ligado al resto de las crisis que enfrentamos.

Hasta la fecha todos los eventos internacionales relacionados con el clima donde participan los gobiernos de Estados Unidos, China, Rusia, Japón y Europa se han convertido en foros para la reivindicación de sus intereses y la promoción de mecanismos de mitigación del cambio climático que sólo funcionan como un gran negocio que no hace sino refrendar el modelo de explotación irracional de los recursos naturales.

Ambientalmente, el cambio climático implica el aumento en la temperatura de la Tierra —0.74 grados centígrados durante el siglo XX-, lo que se traduce en el derretimiento de la nieve y el hielo en los polos y glaciares, el aumento en el nivel del mar, alteraciones en los fenómenos meteorológicos como los patrones de precipitación pluvial, lo que a su vez repercute en los ecosistemas, pues altera la distribución y los ciclos vitales de plantas y animales provocando un desequilibrio general.

El aumento en la temperatura y todos sus efectos continúan en la actualidad y se prevén catastróficos para el presente siglo, de continuar con el mismo modelo de producción. Todos estos procesos se deben principalmente a la acumulación histórica de gases de efecto invernadero (GEI) como el dióxido de carbono (CO2), el metano (CH4) y el óxido nitroso (N2O). La emisión de GEI ha aumentado debido a la generación de energía y transporte basados en combustibles fósiles, la generación, acumulación y mal manejo de desechos, el crecimiento de las zonas urbanas y la agricultura industrial altamente dependiente de insumos.

Las maneras de enfrentar el cambio climático deben ser integrales y no reducirse al “mercado de carbono” que permite que los países industrializados sigan emitiendo GEI en detrimento del desarrollo de los países que venden los bonos de carbono. Asimismo, los modelos de producción deben ser transformados porque son responsables del aumento en 70 por ciento de la emisión de GEI desde la era preindustrial; el caso de la producción agrícola es de particular importancia debido a la relación que tiene con la crisis alimentaria, social y ambiental.

A nivel mundial existen alrededor de 1,5 billones de hectáreas con producción agrícola, de ellas el 90 por ciento corresponde a monocultivos (soja, canola, algodón, maíz) producidos con el modelo de agricultura industrial. De acuerdo con el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), la agricultura emite entre el 10 y el 12 por ciento de los GEI, sin embargo dicha estimación es cuestionable pues se ha demostrado que, en los hechos, esos grupos y los eventos en los que se establecen acuerdos como la COP19 —recientemente celebrada en Varsovia-, obedecen a los intereses de los grandes emisores de GEI y no atacan de fondo el cambio climático.

Investigadores independientes como Miguel Altieri señalan, por el contrario, que los modelos de producción agrícola industrial emiten 30 por ciento del CO2. Cualquiera que sea la estimación correcta, el modelo agrícola industrial ha mostrado graves impactos sobre el ambiente sin que hasta el momento se tomen medidas globales al respecto. Dicho modelo se basa en el uso de maquinaria para la labranza del suelo y otras labores, así como en la aplicación sistemática de fertilizantes industrializados altamente solubles, herbicidas, fungicidas y otros insumos que en su elaboración emiten grandes cantidades de GEI.

Esa agricultura no produce alimentos para consumo humano: de acuerdo con la FAO (2012) a nivel global la soja y el maíz agroindustriales son destinados a la elaboración de biocombustibles y a la alimentación de cerdos y bovinos, que los más de 800 millones de personas del mundo con ingresos menores a 1 dólar por día, no verán convertidos en un trozo de carne en sus mesas.

Vale destacar que la agricultura industrial sí tiene otros efectos sobre las poblaciones más marginadas, por ejemplo que al requerir de grandes extensiones de tierra para aumentar su rentabilidad ha potenciado el fenómeno del acaparamiento de terrenos en África y Latinoamérica por parte de grandes inversores trasnacionales –el caso del Ram Karuturi en Etiopía es paradigmático-, despojando de su tierra a comunidades originarias y desplazando también los modelos sustentables de producción agrícola realizados por los campesinos locales.

Ecológicamente el cambio climático afecta de manera grave a la agricultura industrial basada en monocultivos transgénicos que, al tener una limitada diversidad genética y de interacciones, resultan altamente vulnerables a sequías como la que mermó el 30 por ciento de la producción de maíz y soja transgénica en Estados Unidos el año pasado (2012). Tenemos entonces que esta forma de producir biomasa vegetal no produce alimento y es vulnerable al cambio climático, del cual también es responsable.

Organismos privados, como el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) han propuesto modificaciones puntuales al modelo de producción dependiente de insumos, como la mínima labranza o la labranza cero, pues en términos generales al no mover el suelo se permite que en éste se dé una mayor acumulación de carbono en forma de carbono orgánico como una vía para la reducción de la emisión de CO2. Sin embargo, la emisión de CO2 y la captura de Carbono (C) no dependen únicamente de la labranza, sino de otras prácticas como la incorporación de residuos, el tipo de fertilización empleada y otros factores que afectan la tasa de descomposición de la materia orgánica y la captura de C en el suelo de manera distinta en cada agrosistema.

A nivel mundial algunos de los agrosistemas que se proponen como alternativa para reducir la emisión de CO2 y aumentar la captura de C son: a) agricultura de conservación, orientada a la reducción de la labranza, la rotación de cultivos y la retención de residuos de cosecha, pero este sistema incluye el uso de insumos industrializados altamente tóxicos como los herbicidas; b) agricultura ecológica, que trata de minimizar el uso de insumos sintéticos y de cerrar los ciclos energéticos en el agrosistema; c) agricultura tradicional, en la que se excluye el uso de insumos externos sintéticos, se introducen la rotación y el policultivo, y d) agricultura orgánica, en la que no se realiza labranza, se emplean insumos orgánicos como extractos vegetales, compostas, inóculos microbianos, además de privilegiar el uso de semillas nativas.

En el marco de la crisis ambiental y el cambio climático la agricultura industrial enfrentará limitaciones como la menor cantidad de tierra disponible, menor disponibilidad o elevado costo del petróleo, irregularidad en las lluvias y escasez de agua para riego, aumento en el costo de los fertilizantes, además de pérdidas por efecto de fenómenos ambientales. Esto se reflejará en el precio de los productos agrícolas, como ya se observa en el 60 por ciento de incremento que se registró de 2006 a la fecha. Estos incrementos potenciarán la inseguridad alimentaria, crisis sociales en diversos países y el aumento en el número de personas que no tienen acceso a la comida.

Frente a todo lo anterior se plantean, en cuanto a la producción de alimentos, algunas alternativas. La primera es el desarrollo de modelos agrícolas que no dependan del petróleo y que sean resilientes ante el cambio climático –cualidad demostrada en Cuba, Nicaragua y Honduras ante el paso de huracanes-, para ello la conservación de la agrobiodiversidad y la soberanía sobre los recursos fitogenéticos que se encuentran en Latinoamérica es fundamental.

Perfeccionar modelos como la “milpa”, en el que se obtiene biomasa vegetal de diversas fuentes, es una opción en México, como otros modelos locales lo serán en Perú, Bolivia, Chile, Venezuela, Colombia… Dicho perfeccionamiento requiere de la participación de técnicos y científicos que desarrollen de manera independiente y creativa tecnologías de punta adecuadas a las necesidades biológicas y sociales de cada región, y no que adopten de manera sumisa tecnociencias como los transgénicos o los cisgénicos. Las ventajas de los modelos orgánicos, campesinos y “agroecológicos” ya han sido señaladas por Oliver De Schutter (reportero especial de la ONU para el derecho a la alimentación), no obstante, en la ONU y sus instancias muy pocos parecen haberlo escuchado.

Los modelos que reduzcan la labranza deben ser perfeccionados y combinados con un adecuado manejo de abonos orgánicos y rastrojos.

Deben protegerse y regenerarse los sumideros naturales de carbono con prácticas forestales y agroforestales donde la participación de los campesinos en el diseño de los sistemas de manejo y producción de árboles y otras plantas sean en beneficio de las comunidades locales, logrando habilitar periódicamente miles de hectáreas con plantaciones de árboles y cultivos que puedan asociarse. La opción de la captura de carbono es viable si son las comunidades campesinas las que directamente negocian con el Estado el pago por dicha actividad, sea por la modalidad de créditos con mínimo interés, sea mediante otros mecanismos que no entren en el mercado de carbono global. Esto es posible y en Brasil actualmente se trabaja en ello.

La disponibilidad de agua para riego y las variaciones en los temporales deberán enfrentarse con sistemas resilientes. La recuperación mediante forestería y agroforestería permitirá recuperar las áreas identificadas de recarga de los mantos freáticos.

Deben desarrollarse sistemas alimentarios locales en los que la necesidad energética para el traslado del campo al consumidor sea reducida y se genere un sistema de precios en el que el campesino reciba un pago justo.

Estas propuestas pueden realizarse a nivel local, comunitario, estatal, sin embargo, la mitigación de los efectos del cambio climático global así como la producción de alimentos bajo un modelo que no contribuya a que el calentamiento global sea cada vez mayor requiere de la construcción de organizaciones campesinas, organizaciones de consumidores, organizaciones sociales que tengan la capacidad de generar modelos locales —como el movimiento de campesino a campesino en Cuba-, y que puedan obligar al Estado a invertir en el desarrollo de proyectos de infraestructura e investigación.

Como en el caso de la discusión sobre el maíz transgénico, no se trata de negar las nuevas herramientas biotecnológicas, ni de idealizar a la agricultura tradicional, campesina, orgánica o como quiera llamársele: se trata de entender que el cambio climático es un problema de sistema, del sistema en el que vivimos, que no es sustentable, que es resultado del modelo de desarrollo que desde el poder formal y fáctico nos es impuesto.

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